Frases

Vive cada día de manera tal, que siempre tengas algo interesante que contar --- Lourdes Glez.


lunes, 12 de octubre de 2020

Mi historia sin tapujos

Colección:  Lo bueno y lo malo y lo que depende de cómo lo mires


Ese momento en tu vida llega. Ese en el que simplemente echas una mirada hacia atrás y te resignas a consolarte con lo que ya viviste, pues en caso de mirar hacia adelante, no tienes ni idea de si acaso volverás a contar algo, lo que sea, aunque no valga la pena.

En mi caso, ese momento llegó. Por lo que me dispongo a contarte lo bueno, lo malo y lo que depende de cómo lo mires de mis historias y desventuras en el terreno pantanoso del amor. Y como he mencionado antes, solo se trata de buscar el consuelo que reconforte con la frase: por lo menos sucedió.

Así que espero esta honesta exposición que coloca los trapos al sol no termine en el temible juicio de todos. Solo te invito a sentarte conmigo un rato; y con el ánimo que provoca un buen chiste, escúchate mis anécdotas y sonríe con el labio torcido, que si buenas o malas, son las pequeñas escenas que componen esta novela de mi llamada vida.


EL TEMIBLE PRIMER BESO  👄❤️

ERA de noche aquel día de Septiembre. Pasado mi cumpleaños o un poco antes de este. Aquel chico me gustaba mucho. Lograba despertar en mí suspiros interminables cuyo desenlace era su imagen en mi mente poniéndome los nervios a mil. 

Era la clásica respuesta ocasionada por el primer amor, aunque a mi vida llegara hasta los dieciocho años de edad. Lo conocí en el sitio donde usualmente te encuentras en ese momento: la universidad. Con mi futuro profesional rigiendo mi cerebro y mi ilusión de tener novio por primera vez guiando a mi corazón, mis prioridades se encontraban en una lucha interna debatiendo si estar en casa estudiando o estar en medio de la noche, parados en la banqueta, era mejor opción.

Mi corazón tenía ganada la batalla. Sus ojos claros se clavaban en los míos mientras esperábamos a que pasara un camión para que él pudiese regresar a casa. Habíamos pasado la tarde juntos y era debido que volviese a su sitio. 

Frente a frente, sus manos tomaron las mías. Prevalecía el silencio entre nosotros. Los demás transeúntes nos rodeaban sin detenerse a pedirnos el paso, pues en plena parada, no hacíamos más que estorbar el espacio. 

No tenía ni idea de cómo tomar un camión. Ni él ni yo. Su regreso a casa estaba completamente entorpecido por nuestra ignorancia, que hacía de pretexto perfecto para alargar la despedida.

Era obvio para cualquiera que nos hubiera visto que ambos estábamos suspendidos en el vilo de una travesura. Se sentían en el aire las emociones que nos jalaban el uno hacia el otro. Un cosquilleo correteaba en mis brazos y mi pecho. Sentía mi corazón latir al cien.

Se atrevió a reducir la distancia entre nosotros un poco más y su rostro quedó muy pegadito del mío. Las ansias de lo que estaba por ocurrir me invadieron. Sus labios se acercaron a los míos y de pronto el ruido de los coches y de la gente se sumió en el vacío. Sentí el roce de su piel con la mía y paralizada por los nervios me dejé llevar por la sensación, obedeciendo al abandono de lo que sentía por primera vez.

Apartándose de mí, con su mirada resolviéndose un lío, me quedé sonriente observándole, con los puños cerrados conteniendo la electricidad.

- ¿Es tu primer beso? - me preguntó en tono serio.

- ... Sí... - contesté bajito, embargada aún en la ilusión

- Ah... - contestó déspota - Se nota...

Y así fue mi primer beso.

sábado, 9 de marzo de 2019

Un cuento para pintar



Una pincelada y el dibujo quedó terminado. Aprender a impregnar el pincel con la cantidad exacta de pintura fue un desafío que Alicia consiguió dominar con destreza. Relajar la muñeca y deslizar los colores evitando las plastas que la delataban como principiante, fue difícil de lograr. No tanto para Amelia, quien desde niña estaba a la caza de lienzos en blanco.

Miguel se esforzaba en lograr que ambas disfrutaran del reto de pintar con óleo. Cada una a su medida encontraba la justa satisfacción de un paso más en el camino a la maestría de ese arte. Así como Amelia, él desde niño había vivido intensamente encuentros estrictos con el dominio de la técnica, dejando atrás todo pasatiempo o diversión que implicara. En esta sutil carencia de placer en su aprendizaje, hallaba reconfortante observar a Alicia riéndose de su propia inexperiencia y disfrute de cometer errores básicos.

Amelia tenía una nata facilidad para pintar. Alicia le admiraba y cada ocasión para aprender de ella era sin duda aprovechada. Miguel reforzaba con algún consejo o instrucción. Los tres, a las diez de la mañana de cada sábado, formaban una increíble escena de creatividad y colaboración.

Tenía él sus propias razones para dedicarse a la enseñanza. En algún rincón de su inconsciente buscaba redimir los métodos que curtieron sus primeras brochas. Había de existir otro modo de lograr el mismo resultado de excelencia, sin apagar la llama del goce y la locura desbocada. Un equilibrio exacto donde la técnica y la irreverencia pudieran convivir.


En el camino de la persecución de su sueño, alguien le siguió. Toda ella era arte. Talentosa en su sangre de artista, su voz embelesaba multitudes. El drama y la actuación; carcajadas y lágrimas que brotan a propia voluntad.  Fácilmente hablaron un idioma en común. Sara se enamoró de su sueño; y Miguel, de una soñadora para soñar con él.

El taller le provocaba pocas ganas en sábado temprano. Los viernes en la noche la oscuridad se ahogaba en música y vino. La sangre encendida por el alcohol tardaba horas en apagarse, tantas que el despertador no hacía su parte del trato despertándola con los primeros rayos del sol al día siguiente. Por eso, Miguel disponía de un improvisado desayuno en la callada cocina, comportándose como un escurridizo fugitivo para no provocar ningún ruido que despertara a su hermosa durmiente.

Con la bata blanca cargada en su antebrazo, tomaba el camión al taller. En la esquina de la calle donde se ubicaba, invariablemente se topaba con la puntualidad de Amelia. Compartían el camino charlando de lo que sólo ellos dos comprendían. La magia del universo estaba a sus pies y los deseos que se conjuran desde el fondo del corazón son los más poderosos. La noche anterior, la luna lucía espléndida, recordaron los dos, se veía milagrosamente blanca como el azúcar.

- Era oportunidad de pronunciar en silencio frente a la vela tu anhelo más honesto – le animó Amelia averiguando si el obsequio había sido abierto hacía un par de días.

Una vela para pedir deseos. Alicia le había escuchado entregársela una vez al concluir la clase. Ella comprendía que Amelia tenía un don para conectar desde otro plano, aunque no compartía con ella la existencia de aquel mundo de posibilidades. Aún así sentía celos de aquella complicidad, pues en su más oscuro secreto, ella aclamaba por esa atención que Miguel le brindaba a Amelia.

Alicia conseguía miradas alegres para sí misma en su frescura al pintar. Cada vez que su torpeza relucía, Miguel estrechaba un lazo con ella en el que invariablemente ambos reían. Su intención de animarle a continuar pese a las dificultades le evocaba una dulce alternativa de hacer distinta la práctica a como él la había experimentado… y ese cobijo que apapachaba a Alicia despertaba en ella ilusiones que sus mejillas sonrojadas no podían disimular.


Sara invitó a Miguel por enésima vez y escuchó una negativa más de vuelta. Poco a poco su paciencia se agotaba. Impensable era asistir nuevamente sola a la fiesta para celebrar la puesta en escena de uno de sus entrañables amigos. El reproche del comparativo del pasado y el presente relució cuando Sara le echó en cara que antes los desvelos no le incomodaban. Las clases en sábado eran el parteaguas entre despertar juntos abrazados y despertar abandonada en las sábanas de la cama. Miguel contraargumentó en vano, explicando en su defensa que las clases permitían financiar sus salidas y trasnochadas. Las exposiciones de sus cuadros apenas iniciaban su popularidad y ella en un su jovial trote de idas y venidas apostando suerte aquí y allá, no sentaba cabeza en la realidad financiera de ellos dos como pareja.

Amelia le escuchaba con atención deshilvanando las razones que afligían a Miguel aquella mañana sabatina. Un alma joven la de Sara, sin duda, con ganas de volar alto y tocar el cielo, aunque con el peligroso riesgo de perder el suelo. Miguel se entendía más en esos temas con Amelia y Alicia. Amelia era esposa del dueño de la empresa de la familia, que por herencia le correspondía el lugar de dirigirla ahora. Dedicada a su hijo de siete años entre semana, había triunfado en la negociación de hacerse un tiempo el sábado para sus caprichos y entretenimiento. Su esposo accedió pagándole las clases, que, sin duda, significaban para ella reconectar con su pasión de antaño. Alicia por su parte, vivía encerrada en una oficina de mañana a noche, haciéndose de pesos y centavos para su manutención y ahorrando un poco para hacer posibles sus clases de pintura. En su independencia le hacía falta un ingrediente que le permitiera recordar que la vida existía fuera del trabajo, por lo que las disfrutaba como una renovación para su alma.

Miguel apareció aquella mañana con los ojos hundidos y la sonrisa desaparecida. Amelia le acompañó en su silencio, incapaz de penetrarlo. Alicia les miró a los dos entrar por la puerta y se acercó a ellos con impetuosa curiosidad. Miguel acomodó los caballetes y preparó el material para iniciar su clase. Alicia observó a Amelia en busca de respuestas. Miguel detuvo su actividad para dirigirse a ellas. Amelia leía sus tristes pensamientos y recogía la nostalgia que brotaba de su corazón. Miguel entonces respiró y no dio ninguna explicación, invitándoles por el contrario, a tomar su pincel y su color favorito para colorear. Ambas así lo hicieron… y entre pinceladas de color morado y azul, escucharon a Miguel a espaldas de ellas, sollozar.

FIN

jueves, 7 de febrero de 2019

El poético atropello de una blusa


En un instante había que guardar el maquillaje en una bolsa, tomar la chamarra para el frío de la noche, buscar el cepillo de dientes, buscar el collar rosa pastel que haría de accesorio perfecto y tomar la blusa tan cuidadosamente elegida como parte del vestuario que utilizaría para grabar ese día.

En las agujas del reloj se me hacía tarde. Los segundos me corretearon para salir apresurada con todo aquello cargando en mis brazos. ¡La bolsa y las llaves! Siete pasos hacia atrás para sujetarlas y acomodarlas entre tantas cosas y evitar que se me cayeran al piso. Bajé la escalera sin poder mirar ningún escalón. Inserté la llave en el candado de la reja con cautela y logré salir en lo que yo titulé "casi a tiempo".

Subí al coche, arranqué el motor. Todos mis triques y los objetos valiosos, como mi blusa, los dejé en el asiento del copiloto, en un montoncito apenas ordenado. A velocidad media, por culpa del tráfico usual, sentí que el tiempo se alentaba. La emoción casi imperceptible escondida en un aparente día normal, se desvanecía y hacía esfuerzos por sobrevivir, entre los coches que pitaban su claxon y el sol quemando a través de las ventanas.

Ese día, después de trabajar, iba a cantar. No sólo a cantar, sino a grabar. El ansiado momento había llegado. Meses de ensayo y estudio rendían frutos ese día. La locura de experimentar novedades en plena adultez se materializaba en ese acontecimiento. Micrófono, cámaras y luces serían los testigos que juzgarían la dedicación  puesta en lograr entonar las notas de mi canción. Combatiendo la inercia de la rutina y las ganas de hacer escuchar mi voz trabajada y cansada, llegué a mi destino. Busqué dónde aparcar cerca de la puerta de mi lugar de trabajo. Nada. Toda la banqueta repleta de coches. Alcé la mirada buscando un poco más allá, al otro lado de la calle. Ahí había un sitio desocupado. "Caminaré unos pasos más, no es nada" El lío que representaba quedarse ahí era cruzar una calle no tan amplia para ser avenida, pero sí lo suficientemente transitada para no ser una calle de dimensiones pequeñas. Dos carriles cabían en ella.

Apagué el motor. Tomé las llaves, abrí la puerta y estuve a punto de bajar del coche cuando miré de reojo el montoncito junto a mí: mis cosas. "Debería bajarlas ahora mismo, después regresar por ellas para arreglarme, hará que se me haga más tarde".  La chispa de entusiasmo se encendió levemente al al verme en mi imaginación cantando en un escenario. Con ambas manos las abracé, en lo que según yo fue un acomodo improvisado perfecto. Salí del coche y cerré la puerta empujándola con el codo. Miré hacia ambos lados de la calle y ningún automóvil avanzaba hacia mí. Crucé trotando como siempre lo he hecho, motivada tal vez por el miedo a sufrir un accidente. Festejé aliviada al anticipar que la hora me había hecho justicia llegando a buen tiempo. En la puerta, un hombre desconocido buscaba en su portafolio las llaves para abrir la misma puerta que necesitaba abrir yo. Dispuesto a darle alcance para entrar junto con él, me apresuré.

Un señor que conducía su coche alzó un grito hacia mí desde su ventanilla. "Señorita, se le cayó su suéter" ¿Mi suéter? Le miré con una sonrisa enrarecida por el gesto y cuando siguió su camino, despejada la calle, miré con sorpresa, que a mitad del carril junto a mi coche, estaba tendida en el suelo mi querida blusa blanca.

Aquella blusa había sido la elegida entre todas las que habitan mi ropero. Entre ovaciones y envidia, las demás le miraron cuando fue seleccionada para ser mi vestuario de la sesión de grabación. Su encaje de flores hacía alusión al tema de mi canción "Rosas". Su tierno aspecto combinaba con el mensaje de la historia que narraría. Y el collar color rosa le hacía juego perfecto. Aquella blusa tan delicada, haría bien su función de acompañante en la alejada ilusión de aspirar a cantar como una profesional.

Mi blusa me miraba asustada... o más asustada me encontraba yo, al ubicarla en una posición tan riesgosa. Sólo había que regresar en mis pasos y levantarla. Miré ambos lados de la calle y el paisaje me paralizó. El semáforo que cerca de ahí controlaba el fluir de los coches, iluminó de verde mi infortunio. Una avalancha de llantas se echó a andar hacia mí. Abrí los ojos y los clavé en mi blusa. Primero una llanta pasó a su lado, dejándola intacta. ¿Suerte? Luego otra llanta apenas le rozó. Miré la larga fila de coches, aveciné el final de mi suerte. Una llanta rodó encima de ella, luego otra y una más. Los coches no cesaban de llegar. Y yo, de pie, estática como una estatua, sólo podía mirarle siendo accidentada. La velocidad de los coches siguientes era más lenta, pero no lo suficiente para atravesar el río de neumáticos y salvar lo que de mi blusa quedaba. Por lo que el deceso se prolongaba hasta estirar a su punto máximo mi dolor y soltar una lágrima.

Un coche conocido se acercó en el otro carril, el que estaba más cerca de mí. Reconocí las placas y con nostalgia miré a quiénes redujeron la velocidad y se detuvieron a mi lado encendiendo las luces intermitentes. Eran mis padres, que gracias a la casualidad me encontré. Me preguntaron amables si esperaba un ride o algo más. Con tristeza disimulada les enuncié que sólo quería cruzar la calle. Me sonrieron sin más y continuaron su camino... y mi blusa y yo, nos seguimos mirando sin podernos ayudar.

Finalmente, el semáforo dio pie a la luz roja. En ese pequeño respiro de paz atravesé caminando la calle. El miedo a que me sucediera algo ya no existía, sólo el pesar de haber presenciado el atropello de mi querida blusa. La recogí del suelo, llena de marcas negras donde las llantas le habían estrujado. Regresé a la banqueta y encontré al hombre de la puerta, de hacía unos minutos, sonreírme apenado.

- Al fin pudo atravesar por su suéter, señorita.

- Sí - expresé en un suspiro ahogado, sin ganas de explicar que su identidad era una blusa.

- Escuché que alguien gritó que se le había caído y le vi esperar hasta que pudo ir por él - quiso empatizar conmigo.

Asentí con la cabeza y abracé mi blusa resignada junto con el resto de mi montoncito, que sujeté aún con más fuerza. Me despedí del único testigo de mi desventura y con mi blusa arruinada, mi ánimo cabizbajo, me fui a trabajar como se esperaba de mí.
    

FIN   


domingo, 3 de febrero de 2019

Aquí no más, escribiendo


Hace tiempo que no escribo en este espacio y hoy lo retomo con nostalgia.

Imagino cómo será llegar al final de la vida. Vivir ese último día en el que no hay más para adelante y sólo te queda partir. En ese día tienes el mapa completo. El recorrido entero de la vida y todas las piezas del rompecabezas armadas. Tal vez creas que algunas no encontraron dónde acomodarse y se quedaron sueltas... imagino que ese día, en la transición de un adiós a lo que conociste, un vistazo se conceda para vislumbrar con sabiduría cómo se hubieran visto puestas en su sitio.

Imagino que ese día, de repente todo cobra sentido. Los puntos que no supiste conectar se conectan, e incluso puedes ver que todo tenía relación entre sí y que los pequeños detalles eran la causa para algo más grande. Imagino que, tal vez, ese día tu historia te conmueva al verla concluida.

Supongo que mientras llega ese día, la vida pinta desconocida, incierta y en ese mapa, apenas se distinguen las líneas. Cada bifurcación se impone y da miedo. ¿Será que por ahí debes ir o mejor te retractas y vuelves atrás?

Supongo que mientras llega ese día, tirar el mapa tiene sentido. Andar confiado y disfrutando sólo de lo que hay, en ese instante, en ese pedacito de tiempo. Tal vez suceda que al final de la vida, todos tus pasos hagan sentido y el camino construido luzca un hermoso paisaje que te haga sentir satisfecho.




domingo, 15 de julio de 2018

Una carta para ti


¿Qué haces?

Yo, viviendo mi vida. Espero que tú estés viviendo la tuya.

Mi vida tiene varias historias que te contaré el día que te conozca. No te adelantaré ni una de ellas. No me perdería por nada los gestos que dibujará tu cara cuando te cuente cuánto he sonreído y cuánto he llorado. Deseo presenciar esos ojos que harás cuando te comparta que las llaves del coche se las he dejado adentro tantas veces que me proclamo un tanto despistada. También quiero oír tu risa, porque sé que reirás, cuando te narre todas las trastadas que he cometido viviendo sola. Te admirarás, lo sé, cuando te comparta cuántas veces he caído y cuántas me he levantado.

Me entretengo mientras no estás, aprendiendo de esto y aquello. No te autorizo quejarte si se te ocurre pensar que me hago la sabelotodo; has tardado bastante en llegar y el tiempo me ha sobrado para dilucidar hasta lo que no debería dilucidarse. Pero si te acercas más descubrirás que apenas sé un poco de nada y que aquello que me falta por saber, lo quiero aprender contigo.

A veces imagino que andas por ahí, así como ando yo por aquí. Pensando en si existes y si alguna vez te encontraré. Te confieso que son más los días en que asevero que no eres real o que en esta ventana espacio temporal  no coincidiremos. ¿Te dan ganas a ti también de abandonar la ilusión de hallarnos? Si por lo menos recibiera de ti una diminuta y sutil señal... una sencilla prueba de que estás ahí afuera, tal vez podría aferrarme a algo. Pero la improbabilidad acecha cuando verifico que ni yo misma puedo susurrarte suavemente que aquí estoy. Si yo no sé cómo hacerlo, ¿lo sabrás tú?

Jugamos a las escondidas y ninguno de los dos parece dejarse encontrar. Transcurren los años y los sitios se reducen. ¡Es la ronda del juego más largo que he jugado! Aún cuando inverosímil parezca, estoy dispuesta a dejarme ganar. ¿Crees que si asomo mi mirada detrás de esta pared me puedas pillar? En lugar de correr a la base, correría a tus brazos y me dejaría besar.

En fin, yo estoy viviendo mi vida.

Deseo que tú estés viviendo la tuya.

Ojalá un día vivamos juntos nuestras vidas.



viernes, 18 de mayo de 2018

"Cinco citas y te mando a volar" Parte IV


Viernes de Relatos


"Dijiste que tenías novia"

Respondí al mensaje

"No, no nunca dije eso"

"Claro que sí, la chava a tu lado, era tu novia"

"¿La chava a mi lado?"

"Sí, en el restaurante, ese día, la que estaba sentada a tu lado. Era tu novia, eso dijo tu amigo"

"No es mi amigo"

"Ah, ósea que ya sabes a quién me refiero"

"Sí, pero él no es mi amigo"

"Como sea... ella es tu novia"

"No es así... es una larga historia"

"¿Larga historia? Pues si vale lo suficiente para aclarar las cosas, que no te dé flojera contarla"

"Está bien..."

Transcurrió media hora antes de que continuara escribiendo. Sospechoso...

"Natalia es una amiga. Una buena amiga. Y el tipo que conociste, es amigo de ella"

"No me estás contando nada nuevo..."

"Calma. Él la ha acosado por meses, insistiéndole que sea su novia. Ella le ha dicho que sólo lo quiere como amigo, que no va a estropear su amistad, pero él persiste en su lucha al punto de hartar a mi amiga. Como aquella vez Natalia quería festejar a su amigo y sabía que era amigo en común de este tipo, me ha pedido que le ayude a montar un teatro. Me pidió de favor fingir que estamos juntos para acabar con su ilusión y así le deje en paz".

Es un hecho plausible que existan esta clase de favores entre los amigos, pero aún así resulta sospechoso. Aquella noche no parecía tan descabellado que él gustara de ella y viceversa. Aunque bien es real que sus ojos estaban puestos en mí y no en ella. Sin embargo, me parece bastante extraño y decido mantener un dejo de duda por si acaso.

"No tienes novia entonces"

"Te he dicho que no"

"Está bien"

Dejo el celular y sigo con mis cosas. Pasan unas horas y el celular me anuncia un mensaje de texto.

"¿Saldrás conmigo?"



**No te pierdas la continuación en el próximo "Viernes de Relatos"



viernes, 11 de mayo de 2018

"Cinco citas y te mando a volar" Parte III


Viernes de Relatos


- Tiene novia

- Tienes un punto - concluye mi amiga y deja de insistir en que le escriba y le cite para salir. Si algo tengo claro, es que si está ocupado con otra, yo no voy a interferir.

Este día Sergio me ha escrito bastante. Me pregunta cómo estoy, qué hago, si ya desayuné, si ya comí, pero le contesto lo mínimo necesario. Y no hago preguntas sobre él. Espero que se canse pronto y él solito se percate de que no encontrará nada conmigo.

Da la noche y voy a casa. El celular vuelve a sonar. Miro la pantalla. Es otro mensaje de Sergio. ¡Qué terco es! Le contesto: "En casa" Me escribe: "¿Quieres salir? Aún es temprano" Miro el reloj. Son las ocho. Para quienes gustan de salir a bailar es bastante temprano, para mí, va siendo hora de dormir, es día entre semana, ¿quién saldría cuando al día siguiente hay que madrugar para ir a trabajar?

No le contesto y dejo el celular en mi buró. Busco la pijama y me pongo mis pantuflas. Voy a la cocina a buscar cereal con leche. Miraré un poco de televisión y luego, a dormir. El celular vuelve a sonar. Me echo un bocado a la boca y mientras mastico miro la pantallita. Otra vez Sergio... ¿Qué quiere? "No contestaste. Estás muy cortante conmigo. ¿Puedo saber qué ocurre? ¿He sido grosero, he hecho algo mal?" Finalmente parece entrar en razón, así que le concedo una respuesta. "Tienes novia Sergio, por favor no me molestes" Dejo el celular. He sido clara y me siento orgullosa de mi actuar. Su novia me lo agradecerá aunque nunca lo sepa. El celular vuelve a sonar. Vaya que si es terco. Miro la pantallita, ahí está un mensaje suyo. "Disculpa, pero... no tengo novia" Se me hiela la piel. Es posible que se me culpe de tener mala memoria. A veces olvido detalles importantes como pagar la tarjeta de crédito el día que hay que hacerlo o cuidar la comida de la estufa para que no se queme, pero este dato cultural no puede ser que lo haya olvidado o malinterpretado siquiera. Tenía novia, eso dijo su amigo y... Natalia no objetó ni él.

En pleno desconcierto, ignoro qué debo contestar. Así que dejo el celular sobre el buró y apago la televisión. Me acabo el cereal vorazmente y me recuesto para descansar. Mañana resolveré el misterio. No tengo ganas ahora. La posibilidad de un malentendido me molesta. Yo no puedo estar tan equivocada...



**No te pierdas la continuación en el Próximo Viernes de Relatos


viernes, 4 de mayo de 2018

"Cinco citas y te mando a volar" Parte II


Viernes de Relatos


Hoy es viernes. Se espera de mí que esté fuera de casa, disfrutando de la noche en algún sitio atiborrado de gente. Este día será así. No por mi gusto, sino un poco obligada por cumplir la promesa hecha a un amigo, uno al que además hace tres años no veo.

Me arreglo apenas. Pantalones de mezclilla con una blusa coqueta del mismo color rojo vino que los zapatos que he elegido para usar. Las nubes en el cielo auguran lluvia, así que saco del ropero una gabardina color beige que me haga el favor de evitar mojarme. El maquillaje lo llevo natural, nada que sorprenda y mi cabello apenas lo he acomodado. Mis ondas rebeldes se encargan de advertirle al mundo lo inapetente que estoy de salir.

Llego a un restaurante en el que ya me espera mi amigo, acompañado de sus otras amistades que están sentadas alrededor de una gran mesa rectangular. Para mi desgracia, los asientos a su alrededor están ocupados, por lo que me designan una silla en la orilla, acompañada por desconocidos.

Me van bien las relaciones públicas, es decir, puedo hacer conversación hasta con las piedras. Por ello, me presento amablemente y me dispongo a convivir. Un rato, sólo un rato espero permanecer aquí. Dos horas y media de mi presencia harán de la promesa un trato justo.

El joven a mi lado es coqueto por naturaleza, así que no tarda en interrogarme. Edad, ocupación, domicilio, pasatiempos, comida favorita, estado civil... quiere saberlo todo. Yo contesto una evasiva: sólo contestaré a una de todas esas. ¿Cuál quieres saber? Mi pregunta capta la atención del joven frente a mí al otro lado de la mesa y de inmediato voltea a verme interrumpiendo la conversación con la mujer con quien hablaba.

- ¿Sólo una? - queda meditabundo el primero.

- Estado civil - se entromete el segundo. Le volteo a ver. Es guapo.

- Soltera - digo con una sonrisa perspicaz.

El primero, golpeado en su orgullo, reacciona pronto y se anticipa a mediar una presentación.

- Ella es Natalia y él es Sergio, su novio - puntualiza con precisión para ganar la batalla.

- Ah, ustedes se conocen... - ahondo un poco más en los puntos que conectan a estos curiosos individuos.

- Sólo conozco a Natalia. Es una... amiga - inevitable percibir el tono decepcionado en su voz.

Sergio me mira sonriendo, con esos ojos clásicos de un hombre dispuesto a salir a cazar. ¡Qué descaro, está junto a su novia! Rápidamente le volteo la cara y me enfoco en la desesperada coquetería del otro. Como no ha podido obtener más detalles sobre mí, no le queda de otra más que hablar de él y se conforma.

Mientras la conversación fluye, miro de reojo a Sergio. Y de vez en vez encontramos miradas. Queda claro que está distraído conmigo y le presta tan poca atención como la que yo le presto a mi interlocutor. En eso, el reloj se encarga de marcar la hora de despedirme.

- Es tarde y mañana me levanto temprano. Fue un gusto conocerte - anuncio cordialmente para levantarme y del resto de los comensales me despido con un ademán. Estoy por dirigirme en busca de mi amigo al otro lado, cuando Sergio se levanta y me alcanza en el primer paso que doy. 

- ¿Me das tu teléfono? - lo miro anonadada - ¿O se lo pido a Juan?

Sin escapatoria, yo misma se lo doy.



**No te pierdas la continuación en el Próximo Viernes de Relatos 


viernes, 27 de abril de 2018

"Cinco citas y te mando a volar" Parte I


Somos amigas desde hace cuatro años. Suficientes para habernos visto llorar por uno que otro desamor. Más de ella que míos, si hacemos las cuentas. Ella, aunque tampoco ha encontrado el supuesto verdadero amor, sigue invirtiendo tiempo en su búsqueda. Cree fervientemente que lo va a encontrar. Si alguien la invita a salir, sea quien sea, acepta. No importa si es feo, anticuado, aburrido o sin conversación, ella dice sí. Poco le duran las citas con ese proceso de selección tan inefectivo, pues la mayoría de ellos son descartados después de irse cada uno a su casa. Los motivos abundan y con verles la facha eran casi predecibles. Uno de ellos casualmente olvidó su cartera cuando asistieron a un lujoso restaurante y ella tuvo que pagar la cuenta de ambos. Otro llegó tan tarde al sitio acordado, que ella decidió comer sola para no desaprovechar y se disponía a ordenar el postre cuando el susodicho apareció y le reclamó haber iniciado sin él. Pero no todas han sido un fiasco descarado, al menos está este otro tipo que logró un mejor puntaje durante la cena cuando le pidió a un chiquillo que pasaba por ahí vendiendo rosas, que le entregara una a ella. Mi amiga sonrió de oreja a oreja como niña en Navidad abriendo regalos. Lástima que el encanto fue efímero. Al terminar, el tipo le indicó que se marchara sola hacia la puerta. Ella, sin comprender por qué, quiso exprimirle una explicación a tal extraña solicitud. Y fue en ese breve episodio no planeado, cuando apareció una segunda mujer, quien sería su segunda cita de la noche. Resultó ser un hombre práctico, le dije yo a mi amiga. ¿Para qué salir diferentes días si en uno solo puedes agendar a varias mujeres?

Sin embargo, tanta mala experiencia le ha de servir de algo. Casi la considero una experta en detección de malos prospectos, aunque si aplicara su radar en ella misma se ahorraría pésimos desencuentros. Pero ni cómo convencerla, dice ella que si no abre las puertas y fluye, puede que sin querer las cierre a quien sí debía entrar y eso, sí sería garrafal.

Así que somos algo así como el día y la noche cuando se trata de hablar de relaciones de pareja. Ella, como habrá quedado claro, es una enamorada empedernida y yo... si hemos de ser elementos opuestos, soy la que repele a toda costa la posibilidad de salir con alguien. Yo soy esa a quien los hombres miran desde lejos en el bar y les voltea la cara rolando los ojos. Expido un aroma antihombres a distancia y aún así hay osados caballeros que se atreven a invitarme una copa. No hay manera de que les comparta mi número de teléfono y soy bastante hábil para no compartir ningún dato personal. Los pocos hombres que cuento en mi historia se han esforzado bastante por permanecer pese a los golpes que les doy de vuelta. Y aún cuando su batalla han conquistado, ninguno resulta con un final feliz.

Así que he proclamado que este año me enfocaré en mí misma y nadie más. Se trata de mirar hacia dentro y conocerme mejor. Un trabajo arduo de introspección, sabiduría interna, crecimiento personal...

- Déjate de tonterías - me interrumpe mi amiga - este año llega el bueno. Escúchame que te lo digo yo. - Aquí es donde ella se cree poseedora de la bola mágica que predice el futuro. Yo, bastante incrédula, no alimento su idea y sigo con mi plan hacia mi yo interno.

Mi amiga se emberrincha un poco. No soporta que yo renuncie. Estamos juntas en esto, me recuerda. Pero ella va mucho más adelantada que yo. Si el secreto es besar a muchos sapos antes de encontrar al príncipe azul, ella ha besado a todo el reino animal y yo apenas a dos renacuajos por ahí. 

- Ya verás que este es tu año, lo presiento. No te rindas.

"Mi año" y me río a carcajadas. Ya veremos...



**¡¡¡No te pierdas la continuación en el próximo "Viernes de Relatos"!!! 


 

viernes, 20 de abril de 2018

"Eres tú, no soy yo" Parte XV FIN


Estoy guardando un vestido de novia, que no sé si tirar a la basura.

Hace tanto tiempo que ocurrió, que es difícil recordar dónde quedaron todos los recuerdos del pasado. Casi que la única evidencia que me queda de aquella historia es este vestido blanco esponjoso y escotado, que me reprocha no haberlo estrenado. 

Se recuperaron algunos gastos de la boda para alivio de Octavio. Al menos eso le consoló cuando le entregué el anillo aquella tarde en el coche estacionado frente a su casa. En principio quiso representar el papel de hombre comprensivo, tal vez tranquilizando los nervios prenupciales podía solucionarse. Luego, cuando mencioné el nombre de Antonio, quien tuvo que tranquilizar al otro fui yo. 

Mi amiga me reprocha que incluyera el nombre de Antonio en mi explicación, que hay mejores modos de partirle el corazón a alguien. Sin embargo, no tardó en celebrarlo ni un segundo, por lo que el descontento le duró poco.

En definitiva la mejor decisión tomada en mi vida. No era yo quien se casaba con Octavio. Esa persona que supuestamente se vestiría de blanco para caminar al altar a su lado no llevaba mi rostro. Era yo fingiendo ser alguien más para agradarle y estar con él. Fue complejo armarme del valor suficiente para terminar mi actuación y despojarme de la hermosa máscara que ocultaba mi miedo a ser yo... pero lo hice. Y es que aún recuerdo haberle dicho a Octavio con voz solemne y firme: "Es que cuando eres tú, no soy yo" Ignoro si lo entendió del todo, pero para mí fue muy claro.

¿Qué ocurrió con Antonio?

Vaya escena la sucedida. Cayó la noche el día en que devolví el anillo y fui a buscarle. El universo conspiró para contratarme en su rol estelar en una película romántica, pues cual cliché, empezó a llover a cántaros. La luna se asomaba curiosa entre las nubes oscuras que empapaban mi ropa, y casi pude escuchar una melodía tocándose en el fondo, acentuando la adrenalina del desenlace feliz para la pareja.

Sin embargo, no ocurrió así.

Antonio me contó que regresaba al extranjero a vivir. Que no podía estar conmigo, que era injusto no poder estar para mí, pero que su trabajo era prioridad. ¡Su mejor momento! explicó él. ¿Será? me pregunté escéptica.

Así que al final de mi historia, sin Octavio y sin Antonio, sólo yo conmigo. 

Que no está mal.

El encanto de esta historia es que miro el vestido de novia en mi clóset como el único recuerdo que me queda. Todas saben dónde conseguir uno, pero nadie te dice qué hacer con ese que ya no vas a usar. Mi amiga dice que lo quememos, pero me parece muy descabellado el plan. Tal vez pueda donarlo... lo ignoro.

Lo único que sé es que la decisión que tome, será mía, desde quien soy yo.


domingo, 31 de diciembre de 2017

Brindis 2017


Es tradición. Cada año en este día alzo la copa para brindar por el año que se va y dar la bienvenida al que llega.

El 2017 sin duda fue el año de aprender a flotar y dejarse llevar. Les explico: la vida tiene olas. Así es. Esas tribulaciones de la vida se presentan a manera de olas en el mar e igual que cuando uno nada en el agua, hay que dejarlas pasar mientras sentimos que vienen y se van. Es inevitable que la vida las tenga. Suceden como parte de su esencia. Es como quitarle al mar el movimiento natural, el flujo de la corriente, el viento que le sopla y le hace moverse. Es parte de cómo es y cuando se está dentro de él, el truco es simple: aprende a flotar y dejarte llevar. No hay ola que dure toda la vida y la única certeza es que siempre que una termine su paso, otra llegará.

Con esta filosofía recién aprendida miré el andar de los días de este año. Es reconfortante cuando comprendes que así funciona, que en ese ciclo de movimientos, subidas y bajadas, es donde uno encuentra la felicidad y la paz. Aceptar el oleaje incluso hace más agradable ese instante en que la marea te eleva y baja sin ahogarte. Aceptarlo, incluso lo hace emocionante y llevadero.

Este año 2017 que concluye, quiero agradecer por esas olas. La primera ola, el mantener en pie y en marcha una idea a la que estuve varias veces tentada a renunciar. La segunda ola, el miedo y la incertidumbre de dejar atrás un hogar y crear el mío propio. La tercera ola, despedirme de la costumbre y la zona de confort, para sacudirme de lo que no me iba bien en mi vida. La cuarta ola, la ilusión tremenda de enamorarme perdidamente y la desilusión desgarradora de la ruptura imprevista.

Olas que vienen y van, que te mecen y te hacen soltar, para percatarte al final, que estás bien si te animas a gozar. Ni un momento bueno o malo dura toda la vida. Así que relájate, acomódate y recuesta tu cuerpo en el mar. Y si te das la oportunidad de sentir ese vaivén en calma y con una sonrisa, ten la seguridad de que estás vivo... porque después de todo, la vida se trata de eso: Sentir y ser feliz.

martes, 14 de noviembre de 2017

Lulucles y sus canciones


Hiciste trampa al clavarte en mis recuerdos haciéndote del lenguaje de la música para que no te olvidara. Esta vez, en ese mismo lenguaje que bien te aprendí, escribo esto para ti...

Mientras él conducía llevándome a casa, apachurrado mi corazón de no poder corresponderle su sentir, me asomé por la ventana del coche. Era de noche y alcé la mirada al cielo oscuro pensando en ti. En la radio escuché la canción que abrió mis ojos y me despertó del trance. Yo quiero algo como eso... sólo como eso. Y las estrellas me sonrieron con buena fortuna, porque volviste a mi vida a vuelta de un correo escrito al vacío.

Reapareciste al son de un "tu ru ru, tu ru ru" y fuiste mi respuesta a la pregunta ¿Qué quiero? 

Inevitable que los dos nos habláramos de amor como viejos conocidos. Eres mi luz, mi oscuridad, eres el miedo, y no me importó. No te percatabas del mundo que habías vuelto a la vida. Y yo sólo me preguntaba: ¿qué estás esperando?, porque sólo tú podías hacer arder a mi corazón, porque sólo tú podías amarme como tú lo haces (Love me like you do) 

Seguimos andando el camino del reencuentro hasta que un día abandonamos el recuerdo para mirarnos a los ojos otra vez. Tú me encontraste con el cabello crecido y entaconada; yo te encontré aún más guapo que ayer. La magia me sorprendió de golpe, pues yo ya había declarado que a partir de entonces yo no quería a nadie aquí a mi lado. Pero contigo no podía detener aquello que ya estaba conmigo. Y tú podías decir lo que quisieras, pero tú me necesitabas, tenlo claro. Era todo como un huracán  dentro de ti que va incendiando todo. Así que valiente alcé al viento una disculpa y "Perdona si te llamo amor" pero yo no lo decido. Y a partir de entonces te quedaste a mi lado.

Y así fue como tal vez Michael Bolton metió el dedo en la llaga, porque descubrí que ambos caminábamos en el mismo sentido. Esa vez me miraste y yo te contesté con un suspiro. Amé que el universo conspirara para abrazarnos. Y con alivio y esperanza te pregunté en silencio ¿dónde estabas?... y dejando de ser dos extraños bajo la luna, ocho años después, volvimos a enamorarnos y ser novios al compás de lo que unos y otros llaman "Destino o Casualidad".

Los días que nos fueron regalados los disfrutamos con intensidad. Contigo, la palabra amor por fin tuvo significado. Las anécdotas me arrancan carcajadas y el lío de aprender a vivir sola en tu compañía me ayudó a gozar la independencia. Un girasol acomodado en el borde de la ventana, espiaba a la calle buscando algo más que al sol... te esperaba a ti al llegar por la banqueta.

Una de esas veces, la luz de las velas atestiguó aquella cena. Iluminaron no sólo la oscura habitación, sino también nuestros corazones. La comida servida y las copas reflejando el tintinear de las llamas. Con una sonrisa me agradeciste el detalle y con una mirada nuestras almas se encontraron. "I want something just like this" te pillé murmurar al bajar tu mirada al plato y la canción dejó de escucharse al fondo para ser la voz que hablara por nosotros.

Entonces ocurrió lo que siempre ocurre: la vida. Te digo que lo sé y espero tú también. Sé que tengo mis problemas, pero tú también estás hecho un desastre. Quisiera que aparecieras y dijeras lo arrepentido que estás. Te imagino y pienso que tal vez te dijiste que no volverías, pero aquí estás otra vez. Estar contigo puede ser disfuncional, que no debería extrañarte, pero no te puedo dejar ir. Pero, porque pertenecemos el uno al otro y aún tienes un pedacito de mí, honestamente "Mi vida apesta sin ti" (My life would suck without you)  

El recuento de los daños me hace añorar. Tú y yo somos de esos a los que apenas cuesta hablar. Y en el pasado nos enteramos que para olvidarnos haría falta un poco más. Y de repente apareciste casi no por casualidad y en ese instante todo volvió a comenzar... Y hoy, me has dejado de escribir y no quiero volver a perderte, acuérdate un poco de mí. Lo nuestro quedará por siempre, entre esas cosas que viví y a las que puedo llamar suerte. Hay que ver cómo nuestra vida se nos va. Y estoy cerca, de verdad, sólo me tienes que llamar. Y aunque estés muy lejos, yo velaré por ti aún más fuerte, porque no me apetece estar sin verte. Y por favor, no dejes de sonreír, espero poder volver a verte y por favor: confía en mí. Sabes que siempre, "Siempre estaré ahí".

sábado, 9 de septiembre de 2017

Hoy es mi cumpleaños


Fecha: 09/09
Asunto: Feliz cumpleaños


En el recorrido de mi historia reafirmo aquella frase que alguna vez escuché, que aunque no la recuerdo textualmente, reconstruyo la idea que busca expresar: Lo que ves ahora no es el principio.

En esencia, esta frase enuncia que aquello grandioso que miras y admiras, no empezó siendo así de grande, sino que es el fruto del camino andado, de esos pasos que se dieron para llegar hasta ahí y que no fueron fáciles de dar.

En este cumpleaños, justo hoy, cosecho con una enorme sonrisa logros que vislumbraba realmente lejanos; miedos vencidos y retos conquistados. Me percato de que, de alguna forma insospechada, todas las piezas del rompecabezas cobran sentido. Como si hasta hoy pudiera mirar la fotografía completa y complacerme con la imagen que me muestra. 

Llego a este día con grandes satisfacciones; viviendo la vida con el corazón. Tengo el grato entendimiento de que la vida es mía y es un regalo otorgado para disfrutarlo no desde el empaque, sino desde su profundo interior, ahí donde se siente el miedo, la alegría, la paz y el dolor. Justo en ese interior donde descubres que eres humano y que la vida es lo que tú haces de ella, no lo que haces conforme a lo que esperan y hacen los demás.

Me emocionan las riendas que me he atrevido a tomar. Gozo del valor que se requiere para avanzar. Me apasiona el marcar mi rumbo y no seguir el de nadie más. Me aterra agradablemente no tener el control. Y mi aprendizaje más importante: disfruto mucho de ser quien soy.

Alcanzo esta edad con la sabiduría de los abundantes errores que he cometido. Atesoro los aprendizajes y lecciones obsequios del fracaso y expectativas. Y finalmente, me regocijo de la compañía de las personas que están conmigo. Ellas son mi inspiración y soporte para no detenerme jamás.

Familia, amigos, lectores... gracias por estar aquí en mi cumpleaños. 

Sin duda, un año más enamorándome de la vida.

 



viernes, 8 de septiembre de 2017

"Eres tú, no soy yo" Parte XIV


Viernes de Relatos

Está temblando.

En plena noche, está temblando. Me levanto de la cama y salgo corriendo a la calle. Así con mi pijama y mi cabello despeinado. Ni siquiera he tomado una sudadera o una bata para disimular el atuendo y cubrirme del frío. Espantada abandono mis aposentos.

En la calle, todos los vecinos aguardan a que pase. Quienes tienen hijos los abrazan y los calman diciéndoles que todo está bien. En realidad parece estarlo. Más allá del movimiento de un lado a otro, nada se cae de su sitio, ni siquiera se escuchan las puertas golpetear contra las paredes.

Nos miramos unos a los otros. Este tipo de acontecimientos te hace amigo de los desconocidos. Ninguno de ellos son mis interlocutores en el día, y si bien me va, un saludo me dirigen si me los encuentro frente a frente en la banqueta. Ahora, todos estamos atentos de todos.

La inmediatez de la tecnología hace que varios busquen los reportes en internet. En el momento en que me considero a salvo, me pregunto por el estado de mis amigos, pero sobre todo, por el estado de una persona en especial.

- ¿Estás bien? Tembló - aparece un mensaje de texto en la pantalla de mi celular. Lo abro emocionada, tiene que ser de...

- Sí Octavio, todo bien. Estoy en la calle - escribo de vuelta.

Sigo mirando la pantalla y recorro la lista de contactos. Mi amiga está escribiendo.

- ¿Tenía que temblar a esta hora? Estaba dormida, qué pasa - se queja.

- Qué bueno que estás bien - le escribo cariñosamente.

Mi familia escribe a continuación. Todos están a salvo. Miro a mis vecinos. Algunos no sueltan el teléfono llamando o escribiendo. Todos quieren saber de sus seres queridos y dimensionar el tamaño de los daños.

¿Estará bien Antonio? Cojo el teléfono una vez más, busco su contacto. Me dispongo a dedicarle un par de líneas para asegurarme de que está bien, pese a que escucho a los vecinos decir que al parecer no han habido daños graves. No me interesan los reportes, yo debo cerciorarme de que está bien.

Pasan los minutos y todos están dentro de sus casas. Yo hago igual y recupero el ritmo de la cotidianeidad. Es hora de dormir.

Despierto con la luz del sol en mi cara. Ha amanecido. En un chistar busco mi celular, por si acaso alguien me ha escrito y por si acaso él me ha contestado. Reviso los mensajes, al menos hay unos siete escritos por Octavio, pero de Antonio, no hay pista alguna.

Empiezo a enloquecer. ¿Por qué no me ha escrito? ¿Acaso no le intereso? Cuando le vi la última vez parecía todo lo contrario. Sucede entonces la absurda justificación de su ausencia. Debe ser que sí le paso algo. Sí le ocurrió algún incidente. Está atrapado entre escombros y su celular quedó lejos de él. Sin señal... ¡o sin batería! Por eso no puede escribirme. Necesita ayuda, claro. Así que si dispongo de mis recursos para encontrarle, no luciré desquiciada, sino más bien preocupada por mi prójimo. Le escribiré por todas las redes sociales que existen, eso haré y si no funciona, iré a su casa.

Afortunadamente, mi amiga me marca en el momento preciso para contarme, irónicamente, lo que en twitter están escribiendo las personas. "#temblor le escribiré a mi ex para saber si está bien. #temblor aquí te enteras de a quién realmente le importas"

Me detengo y medito un poco. Suelto mi insistencia de encontrar a Antonio.

Me echo en la cama boca arriba, miro al techo y suspiro. ¿Estoy segura de que dejar a Octavio es la mejor decisión?

Estoy perdiendo la cabeza.



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viernes, 1 de septiembre de 2017

"Eres tú, no soy yo" Parte XIII


Viernes de Relatos

Como todas estas veces, la hemos pasado excelente. Todos los ingredientes de nuestro plan han sabido excelsos. Nada que cambiarle, absolutamente nada. Y como en todas estas veces, esa curiosa energía que me atrae hacia él, está presente. Innegable.

Estamos sentados en una banquita puesta en los alrededores de un quiosco del parque. Comemos un helado para variar.

- Vendrá David Garret a México. - dice tranquilamente saboreando su nieve de limón. Me encanta escuchar a David Garret y me sorprendo con la noticia. He estado tan ocupada con los planes de la boda que de ese acontecimiento no me he enterado.

- Quiero ir - declaro sin pensarlo mucho.

- Entiendo que el concierto está agendado en los días posteriores a tu boda - dice con un tanto de pesar. - Creo que si quieres ir, lo correcto sería invitar a Octavio como acompañante.

Sé lo que pasará si invito a Octavio. Dirá primero que él no escucha ese tipo de música, después hará bromas sobre su aspecto, porque como sabe que a mi gusto es extremadamente guapo y encantador, sentirá celos y querrá ubicarlo en algún plano donde no lo sienta absurdamente amenazante. Es en vano, él no irá, si quiero ir tendrá que ser sola o con... alguien... tal vez... Antonio.

- Vamos juntos. - digo en un brinco en mi asiento - Tú y yo, vamos juntos.

- Está programado en las fechas de tu, supongo, luna de miel.

Atada a ese insensato compromiso, me vuelvo en el asiento y me volteo compungida, dándole la espalda a la realidad que me acaba de topar en la cara. La voz de mi amiga se aparece en mi cabeza. Todas sus insistencias hacen eco en mis ideas. Su arrolladora propuesta de tirar el anillo en mi dedo y despedirme de Octavio se me antoja cada vez más. Antonio me mira de reojo y decide buscar mi mirada con sus ojos, se acerca un poco más y sostiene mi barbilla con sus dedos, apuntándome la cara hacia la suya. Yo le miro afligida, casi en el punto de llorar una lágrima de añoranza. Antonio me observa con detalle y torciendo la boca acompañada de un suspiro, me dice suavemente en un murmullo:

- Qué más quisiera yo, que ir contigo a ese y todos los conciertos que puedan haber.

En una peligrosa proximidad de su boca con la mía, quedo suspendida en una tensión que se intensifica más y más, hasta que él decide finalizarla alejándose en un movimiento abrupto de mí. Yo me muerdo las uñas de mis dedos mitigando la sensación de un deseo interrumpido.

Lo tengo claro. Es momento de hablar con Octavio.



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viernes, 25 de agosto de 2017

"Eres tú, no soy yo" Parte XII


Viernes de Relatos

Falta tan poco... 

En mi mano sostengo la pila de invitaciones que me empeño en repartir a quienes no se las he entregado. Entre ellas, está la que reluce el nombre de "Antonio".

Octavio me reclama mis deberes de los preparativos, reprochándome que ese pendiente debía estar palomeado hace días. Yo le explico que todos los invitados de los que aún conservo invitación, ya sólo esperan la formalidad como mero protocolo, pero que su confirmación está más que hecha. Para verificar mi versión, quiere asegurarse de que esas personas asistirán por lo que me pide los sobres y empieza a leer la lista de nombres. Encuentra el que me pone nerviosa y me niego a entregar.

- ¿Este sujeto quién es? - lo mira con desdén. - Me parece familiar. Antonio, Antonio... - se lo piensa un momento y cavila en su cabeza. De pronto, algo parece hacerle sentido y exclama con curiosidad - ¿Será el mismo Antonio de la universidad?

Incrédulo, espera a que yo conteste. Titubeo en si contestar o no. Si su memoria no le falla, puede ser que dé con la identidad de este hombre y recuerde toda la historia detrás. Si su memoria falla, por otro lado, sería lo más conveniente para mí. Es como tirar una moneda al aire. Dos posibilidades y ambas igual de probables. Me decido por la verdad.

- ¿Te lo has vuelto a encontrar o cómo es que reapareció en tu vida? Me quedé en que te abandonó para buscar el trabajo de sus sueños. - sentenció.

Esta vez, opto por una versión más... más... adaptada. Leves modificaciones por aquí y por allá. Omito nuestros recientes y frecuentes encuentros y me limito a contarle mi necesidad de compartir el momento más maravilloso de mi vida, con todos, absolutamente todos mis amigos; y me esfuerzo por remarcar en mi tono fuerte y tropezado la palabra "amigos".

Me cree. Ignoro si porque no tiene otra opción o porque enfrentarse a otra idea significaría iniciar una pelea. A tan poco tiempo de la boda, no quiere discutir de nada. Incluso me ha dado por mi lado cuando se me ocurrió de último momento ofreciéramos postre en el menú además de las rebanadas del pastel. Estoy segura que antes hubiera alegado por la cantidad de azúcar con la que saturaríamos a los comensales.

Pues bien, él continúa revisando las facturas y el presupuesto. Yo, por mi parte, me angustio con la entrega de un simple sobre grabado con letras plateadas. Lo releo una y otra vez, casi que hasta quiero leerlo en voz alta sólo para incrementar la emoción y locura que despiertan los sonidos de esas letras en conjunto. Sin embargo, se apachurra mi estómago al recordar que ese sobre le dice sin rodeos y tajante, que me caso con otro hombre. Con lo que nos ha pasado últimamente creerá que me burlo de él. Coqueteando y sonriendo cual boba enamorada de él, pero con la sombra de un compromiso serio siguiéndome los pasos.

- Esto es muy simple amiga - dice ella cuando le cuento en una llamada cómo va la situación - ya deja de una vez por todas a Octavio y declárale tu eterno amor a Antonio. Ustedes dos sí son el uno para el otro. Aquello por lo que tienes ese anillo en el dedo es una verdadera farsa. 

¿Será así? Podría hacer caso a su consejo. Cortar todo con Octavio. En una escena dramática, me quitaría el anillo del dedo y lo aventaría por los aires mientras corro desesperada por alcanzar a Antonio, quien partiría en un tren rumbo a algún sitio muy lejano. Yo le alcanzaría en la estación agitando un pañuelo blanco, esperando a que él, instintivamente, asomara su cabeza por la ventana del vagón y me descubriera ahí. Entonces él me gritaría algo muy romántico, tal vez una propuesta de matrimonio y yo, entusiasmada y valiente, la aceptaría sin chistar y daría de brincos y la gente alrededor nos miraría como si estuviéramos locos.

- Amiga - me interrumpe la película cursi en la cabeza - Te lo digo en serio. Aclárate ya, que eso de seguir o cancelar una boda no son enchiladas.

Dicho esto, se me apachurra el estómago otra vez.



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viernes, 4 de agosto de 2017

"Eres tú, no soy yo" Parte XI


Viernes de Relatos

Hoy también quedé con Antonio. Me encuentro esperando a la puerta del museo que recorreremos juntos. Esta vez he llegado yo primero. He anticipado dónde estacionar el coche, los horarios de la exposición, dónde comprar los boletos. Esta vez domino la situación y los nervios no se apoderarán de mí.

Antonio me saluda de lejos con su mano. Yo le miro caminar hasta mí. Luce sus pantalones de mezclilla y una playera tipo polo de color azul claro. Se ve guapo... muy guapo.

El museo tiene montada una exposición temporal de Remedios Varo. Recorremos las pinturas sin comentarlas entre nosotros. No hace falta ir charlando sobre nuestras percepciones, basta sabernos caminando uno al lado del otro para sentir la grata compañía. Ni siquiera hace falta tomarnos de la mano para no perdernos la pista. Nos sentimos ahí, juntos, eso basta.

El sabor en mi mirada me extasía. Ha sido una grata experiencia. Antonio me toma del hombro en la salida y en su sonrisa adivino que también lo ha disfrutado. Intercambiamos un par de ideas que corroboran mi conclusión.

La idea de un chocolate y churros me parece coqueta. Así que continuamos el plan degustando estos sencillos placeres. La charla toma un rumbo interesante cuando él me pregunta directamente sobre mis planes de boda.

- Ahí van... - digo a secas.

- Tu falta de emoción me preocupa, en serio: ¿qué sucede?

Me la pienso un poco. Tal vez necesito contarle a él lo que me ocurre para descifrar mejor mi angustia por lo que siento.

- Octavio es una buena persona. Un buen... partido, como dice la gente. Me ha acompañado toda la vida. Ha estado conmigo en todo lo que me ha ocurrido. Siempre está ahí para mí. Sería una tonta si no valoro todo lo que me da. Es atento, me cuida, vela por mí, lo que necesito me lo da... Tenemos una larga historia juntos. Siempre me tendió su mano cuando necesité un abrazo. 

- Parece ser un buen hombre, ¿cuál es el problema entonces?

- Mi amiga - y me solté a reír a carcajadas. 

- ¿Tu amiga qué tiene que ver con esto?

- Mi amiga - explico - insiste en que él no es para mí. Su argumento radica en que no somos el uno para el otro porque él no gusta de lo que yo gusto y viceversa.

- Los gustos son hasta cierto punto importantes. ¿En qué difieren?

- A él le gusta hacer cosas que a mí no, y lo que a mí me gusta, no le gusta a él. No puedo contar con su presencia para recorrer la librería y charlar sobre libros. Tampoco le gusta pasear con un helado en la mano. Tampoco disfruta de los museos y... - voy a insinuarlo ahora - tampoco disfruta de un chocolate con churros.

Antonio mira hacia la mesa con incomodidad. No es tonto, por lo que interpreta con tino mi comentario. Me ruborizo al percatarme de lo que he hecho y me empeño en beberme el chocolate con prisa, sorbiéndome el silencio que se ha creado entre ambos.

El tema no volvemos a tocarlo. Es más, pretendemos que nunca hablamos al respecto. Mejor conversamos sobre lo hermosa que estuvo la exposición y cómo los colores y las formas nos antojaron sueños y mensajes secretos que sólo nosotros pudimos descifrar. 

Tengo miedo de haber cometido una intromisión que arruine un futuro encuentro, pero se disipa en el instante en que él busca mi mano con la suya para invitarme a retirarnos. No es un roce casual, es profundo. Sujeta mis dedos entrelazándolos con los suyos. Me toca y nuestra piel se comunica nerviosa.

- Nos veremos otra vez, ¿cierto?

Asiento con la cabeza respondiendo a su pregunta. Salimos a la calle y nos quedamos quietos de pie uno frente al otro. Nos miramos en silencio con los ojos encendidos. Me toma de la mano con sutileza y dirige mis pasos mientras nos marchamos de ahí.




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viernes, 28 de julio de 2017

"Eres tú, no soy yo" Parte X


Viernes de Relatos

Antonio me ha ganado, llegó primero que yo. Mi plan era que sucediera al revés, para tener tiempo de prepararme y apaciguar los nervios que no me han dejado dormir. Quito de mi dedo el anillo que me delata y lo escondo en mi bolsa. Me acerco a él y se levanta de inmediato de la banquita puesta cerca del kiosco de la plaza donde hemos quedado. Iremos por un helado y pasearemos por los pasillos del jardín.

Estoy completamente emocionada y lo dejo notar sin querer, pues mientras pedimos el helado cometo una sarta de torpezas como temblar para sostener el barquillo que me extiende la señorita y tirar la bola al empujarla de más con la fuerza de mi lengua. Mi bolita de helado cae al piso y Antonio me descubre con una sonrisa compasiva. Se da prisa a pedir otro idéntico al que acabo de desperdiciar. Nota al calce, lo pide en vaso con cucharita. 

Salimos de la heladería y caminamos por ahí, conversando con la misma naturalidad que lo hacíamos cuando estábamos en la universidad. Como si la distancia temporal no hubiera hecho de las suyas. En el resumen de los hechos se marchó al extranjero y en su trabajo logró ascender con tal agilidad y estrategia que pronto se ganó un puesto que le mereció los beneficios económicos que siempre soñó. Por el inicio de un proyecto se le pidió que volviera a la ciudad y ha estado aquí desde hace algún rato. Por fortuna mía él tuvo la iniciativa de aclarar su estado civil: soltero y sin novia. No niego que esto provoca un brinco en mi corazón y que suden mis manos. Me muerdo el labio aguantándome las ganas de cerrar el trato de nunca dejar de salir juntos y disfrutar de ratos como este. Sin embargo, ahora él pregunta por mí. Puedo decirle la verdad o quedarme callada, fingiendo que en esta ventana de tiempo nada puede estropearnos. Lo pienso un par de veces y quiero mentir, pero la verdad es imposible de ocultar cuando mi gesto de decepción le grita la verdad.

- Estás con alguien... lo sospechaba. - concluye.

Me desquebrajo en una lágrima atorada en mi garganta. Meto la mano en la bolsa y esculco los objetos callada hasta que saco de ahí el anillo. Se lo muestro resignada. Él lo toma y lo mira con cuidado y esboza una sonrisa tierna con preocupación mientras dice:

- ¿Por qué lo escondiste? ¿No se supone que debieras estar contenta por ello...?

- Tú lo has dicho... se supone.

- ¿Y entonces?

Me quedo en silencio. No puedo decir ni una palabra. Recuerdo a mi amiga, qué diría ella en este momento. Qué diría Octavio se me mirase ahora. Y más importante ¿qué debo decir yo?

Antonio se acerca más a mí, me desarma sentir sus manos rozando mi rostro. Clava su mirada en mis ojos y nos quedamos quietos un segundo que se prolonga cual largo como la lista de memorias que componen nuestra historia. Entonces me abraza con fuerza y me acurruco en sus brazos. 

No lo quiero soltar. Me niego.


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viernes, 21 de julio de 2017

"Eres tú, no soy yo" Parte IX


Viernes de Relatos


A punto de perder la esperanza, entro en todos mis perfiles de internet. Finalmente encuentro lo que he buscado por semanas: un mensaje de Antonio.

Me levanto de un brinco de la silla y corro a buscar el celular que he dejado dentro de mi bolsa en la otra habitación. Envío un texto a mi amiga y espero sus indicaciones. Escribe de regreso y vuelvo a sentarme frente a la computadora. Inicio un mensaje. Vuelvo a escribir en el celular a mi amiga. Espero su respuesta y copio lo que me ha puesto, tal cual, en el cuerpo del mensaje en la pantalla. Vuelvo a escribir a mi amiga y otra vez copio su respuesta.

Listo. Está escrito, sólo falta dar clic en "enviar".

Me lo pienso un par de veces. Esto significaría tener la oportunidad de reencontrarnos, tocar sus manos, sentir su mirada recorriendo mi sonrisa, aspirar su aroma y sentir la estática que provoca el saberme a centímetros de su cara. 

Le doy clic emocionada.

Repaso su correo mientras me vuelvo loca imaginando el escenario de nuestra reunión. Me dice que está ilusionado de verme, que ha estado en México desde hace tiempo y que le da gusto estar en contacto conmigo. Remembra nuestra historia y le arranca risas. No me da detalles de su vida, no me molesta, yo tampoco le he dado de la mía. Frente a frente nos contaremos más, con calma. Por ahora lo importante es quedar.

¡Hay un nuevo mensaje!

"Me encanta tu plan. Será un placer verte el próximo viernes para cenar... y disculpa mi tardanza, que he tardado años en dar contigo. Compensaré la omisión, lo prometo".

Con mis codos apoyados en la mesa, hundo mi cara entre mis manos, con una sonrisa tan enorme, que cualquiera insinuaría que estoy enamorada.



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viernes, 14 de julio de 2017

"Eres tú, no soy yo" Parte VIII


Viernes de Relatos

Sin respuesta...

En el calendario quedan cinco meses para la boda. Atiendo lo que me corresponde a mí, sólo a mí, lejos de la presencia de Octavio, quien insiste en buscar recortes o promociones. En este momento, me deshago de esas ideas de ahorro y me dispongo a gastar lo que sea necesario para lucir despampanante el día de mi boda. 

- Ese vestido te queda increíble - dice mi amiga mientras salgo del vestidor. La modista se acerca para contarme los pormenores de elegir dicho vestido y los ajustes que se tendrían que hacer.

- ¿Crees que este sea mi vestido? - pregunto un tanto insegura.

- Totalmente - afirma ella mientras me sonrío contentísima - Es una lástima que lo uses para casarte con Octavio - dicho esto mi sonrisa se borra y frunzo el ceño con la intención de soltarle un golpe en la cara. La modista abre los ojos de tremendo tamaño y nos mira a las dos titubeando si debiera apaciguar el enojo que despierta dentro de mí y que mi amiga ni siquiera es capaz de notar. 

 Mi amiga no para de echarme en cara el disgusto que tiene. Ni un día repara sobre lo que dice y continúa con desdén sus discursos que me molestan. Trato de decirle que se detenga, pero no me escucha. Me siento abandonada por mi mejor amiga en esta etapa que se supone debiera ser de alegría y complicidad.

Me quedo callada y bajo la cabeza para mirar el borde de mi vestido, que por milímetros no roza con el suelo. El descubrimiento de tanta tela blanca sobre mí me hace caer en cuenta de lo que estoy haciendo. Me voy a casar. Me voy a casar con Octavio. Un susto repentino me eriza la piel. Busco a mi amiga, a ver si lo ha notado, pero ella está en otro asunto. Está recargada sobre una vitrina que muestra accesorios para el cabello y el velo.

Ahora me miro en el espejo. Aunque mi cabello luce algo desgreñado, y mis zapatos de tacón no son los que usaré en la fiesta; mi imagen convertida en una dulce y romántica novia es la evidencia que obtengo del rumbo que estoy tomando. De pronto me petrifico frente a mi reflejo.

Antonio... si pudieras verme ahora, ¿qué me dirías?



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